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Huyendo de la violencia: La oportunidad de volver a iniciar

 Daniel nació en El Salvador y migró a Costa Rica junto a su familia, debido a amenazas a él y a su papá por parte de las maras. Gracias al programa “Aulas de Escucha”, poco a poco ha desarrollado habilidades que le han permitido adaptarse mejor a su entorno y que le dan una motivación para no abandonar los estudios

Josué Daniel se tapa la cara cuando habla, su mano se posa sobre su boca y se rasca los ojos. Le es difícil mirar a los ojos, pero cuando lo logra su rostro se ilumina y deja ver una sonrisa en donde unos dientes blancos y un poco desordenados resaltan en su piel morena. La timidez de su adolescencia se mezcla con la dureza de su historia de vida. Con su familia llegó a Costa Rica a inicios del 2017. “Primero vivimos en Barrio México, pero casi no podía salir porque habían muchos carros. Ahora vivimos en La López (barrio López Mateo). Es mejor porque puedo salir a jugar bola con amigos”, cuenta. Hace poco cumplió 14 años y sus papás lo llevaron a comer a pollo frito, que es una de sus comidas favoritas. Por mucho tiempo, no pudo disfrutar de este tipo de salidas en su natal país, El Salvador, donde se acostumbró a vivir en un entorno violento desde muy pequeño. Sin embargo, en los últimos tiempos la situación se puso más difícil. “A mi papá lo intentaron matar”, dice. Él trabajaba “jalando gente”, como una especie de taxista, pero el oficio se volvió peligroso. Por su parte, a Daniel lo abordaron cuando estaba en la escuela para que vendiera drogas. “Me amenazaron que si no vendía marihuana me iban a dar duro, entonces me salí de la escuela”, recuerda. Fue su mamá quién decidió protegerlo y no dejarlo salir de casa, para no exponerlo a las pandillas (maras) que buscan a chicos desde muy tempranas edades. Así, perdió un año escolar. - “¿Cómo era tu vida en tu país?” - “Mal, porque no podía salir a las calles, porque me podían matar. No salía ni a la pulpería porque mi mamá me cuidaba mucho y no me dejaba salir. Mi hermana (Cristina de 12) sí salía porque con las mujeres no son así”, explica. Al igual que Daniel muchas niñas, niños y adolescentes se ven forzados a migrar de sus países de origen empujados por la violencia o la pobreza. Al igual que él, muchos deben detener, postergar y en muchos casos abandonar los estudios. En Costa Rica, la exclusión educativa de estudiantes migrantes alcanzó el 23.5%, en el 2015. La exclusión escolar es uno de los mayores retos que enfrenta el sistema educativo costarricense, sobre todo con la población adolescente. Del total de alumnos matriculados en educación secundaria diurna en el 2015, el 48.3% no logra terminar la secundaria. Daniel cuenta que no supo cómo ni en cuánto tiempo sus padres tomaron la decisión de migrar a Costa Rica, lo que implicó dejar muchas cosas atrás. Acá la situación mejoró en el tema de seguridad, sin embargo, la familia también tuvo que lidiar con las dificultades económicas que se presentan cuando no hay trabajo. “Mi papá estuvo unos meses sin empleo, gracias a Dios ya consiguió, como guarda”, explica Daniel. Su mamá, por su parte, trabaja como vendedora en una compañía telefónica. Estando en Costa Rica Daniel retomó sus estudios y sacó el sexto grado de primaria y este año inició la secundaria en el Colegio Ricardo Fernández Guardia, en San Sebastián. Ahí, fue uno de los chicos que iniciaron en el proyecto llamado “Aulas de Escucha”, liderado por la organización Fundamentes y el Ministerio de Educación Pública (MEP), con el apoyo de UNICEF. El proyecto trabaja en 20 colegios de los más violentos en cinco provincias del país. “Trabajamos una metodología de tres ejes: lo educativo o académico, lo clínico -donde se ve la parte emocional- y lo artístico”, explica Hellen Carmona, psicóloga que tiene a cargo el programa Aulas de Escucha en este colegio. Se trata de un espacio dirigido a estudiantes de sétimo año, que han sido identificados en situación de vulnerabilidad por los mismos profesores, y que podrían correr el riesgo de abandonar los estudios. Se ha comprobado que sétimo es el año con más exclusión educativa en el país. En este colegio funcionan tres grupos diferentes de Aulas de Escucha con aproximadamente 15 estudiantes cada uno. “A UNICEF le gustó la idea de la metodología que combina el apoyo psicológico, lo lúdico y lo académico, para empezar a promoverla como metodología de trabajo con el MEP. Lo importante es que de esta manera podamos acercarnos a los chicos que ingresan a sétimo año, donde se da una exclusión educativa alta y muchos chicos y chicas abandonan los estudios”, explica Georgina Zamora, Oficial de Protección de UNICEF Costa Rica. “La idea es reforzarlos con talleres de habilidades para la vida, que es donde intervienen nuestros psicólogos. También es muy importante la parte lúdica o artística, a través del arte logran expresar lo que con palabras no alcanzan a manifestar, sus sentires, intereses”, explica Ana María Jiménez, Directora del Proyecto Aulas de Escucha. De la dramatización a la vida real El día que acompañamos el trabajo en Aulas de Escucha, Hellen reparte unos papeles con palabras, con la idea de que ellos vayan formando una historia. Se sientan en círculo y cada uno debe decir una oración, donde utilicen la palabra que les tocó. Finalmente la historia que se arma gira alrededor de unos padres que le mienten a sus hijos porque se encuentran en una situación de narco menudeo. En la historia aparece también una adolescente madre. La palabra “confianza” sale a relucir. “¿En qué se parece esto a nuestra vida real? ¿Alguna vez hemos sido engañados? ¿Alguna vez ustedes han engañado?”, pregunta Hellen, mientras se dirige al grupo, conformado por hombres y mujeres entre los 12 y 14 años. “Este el tipo de historias que nos encontramos, para ellos es común estar cerca de personas o sitios relacionados con drogas. Nosotros les abrimos el espacio para que se sientan seguros y puedan expresarse, nuestra premisa es: “Lo que usted dice aquí, aquí se queda”, explica Hellen. Ella siente que muchos de estos adolescentes no están acostumbrados a recibir afecto o escucha, así que la gratitud hacia el grupo de psicólogos es muy evidente. Tal es el caso de Daniel, quién está en el grupo de los martes, pero casi siempre busca acercarse el resto de los días para acompañar a los otros grupos de Aulas de Escucha. “Daniel ha avanzado muchísimo, al inicio no lográbamos que hablara nada. Ahora se expresa más y mejor e incluso ha encontrado espacios donde ha podido compartir con sus compañeros parte de la historia que lo trajo a Costa Rica”, retoma Hellen. La parte lúdica también ha sido muy positiva, pues ha descubierto una faceta artística que no conocía, como es el gusto por la escultura. También le gustaría aprender más sobre cocina. “Me gusta cocinar, porque a veces yo soy el que hace la comida en mi casa. Si mi mamá llega tarde yo le cocino, hago de todo: arroz, frijoles, aprendí viendo a mi mamá…”, sonríe. En este espacio, Daniel también recibe apoyo en la parte académica, por ejemplo en matemáticas que es la materia que más le cuesta, pero también la que más le gusta. -¿Te gustaría que siga el proyecto? – Sí, para aprender más valores. -¿Cómo cuáles valores? –No mentir. Daniel extraña su país, extraña la comida, extraña a su familia, a sus tíos y tías, pero especialmente a sus primos y primas con quienes creció. Si pudiera volver y estar un día en el El Salvador pediría compartir con sus primos, ir a la playa con ellos y comer pupusas. “- ¿Y qué te gustaría ser cuando seas grande? - Mecánico”, contesta de una vez, con mucha seguridad. En El Salvador su papá manejaba carros y de vez en cuando los arreglaba, por eso siente afinidad y curiosidad por ese oficio. Sus padres hablan de tal vez irse a vivir a Estados Unidos, país donde varios familiares se han asentado, a muchos de esos familiares Daniel no los conoce. - ¿Te gustaría volver a El Salvador, vivir en Costa Rica o irte a Estados Unidos? - Irme a Estados a Unidos. - ¿Por qué? - Quisiera ver cómo es la nieve, finaliza sonriendo.

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